domingo, 24 de julio de 2016


UNA MUJER SIN NOMBRE


¿Cómo había ocurrido? No lo sabía, ella de repente se había visto sorprendida en un acto vergonzoso y era llevada violentamente hacia el templo por los maestros de la ley, para ser castigada. Fue puesta en medio de la gente, se sintió perdida, sabía cuál era el castigo para las mujeres como ella. Pero uno de sus captores se dirigió a un hombre que se encontraba allí y le preguntó:
-       Maestro, encontramos a esta mujer cometiendo pecado de adulterio. En nuestra ley, Moisés manda que a esta clase de mujeres las matemos a pedradas. ¿Tú qué opinas?- el que llamaban maestro se inclinó y empezó a escribir algo en el suelo con su dedo, pero aquellos hombres no dejaban de hacerle preguntas como para hacer que cayera en una trampa… Entonces él se levantó y les dijo:
-       “Si alguno de ustedes nunca ha pecado, tire la primera piedra”- después se agachó y siguió escribiendo en el suelo. Toda aquella gente, después de escucharlo empezó a retirarse y ella se quedó sola frente a aquel hombre lleno de sabiduría. Entonces él se puso de pie y le dijo:
-       “Mujer, los que te trajeron se han ido. ¡Nadie te ha condenado!”- Ella respondió:
-       Así es, Señor. Nadie me ha condenado- Jesús le dijo:
-       “Tampoco yo te condeno. Puedes irte, pero no vuelvas a pecar.”

Para los fariseos, el asunto principal no era en realidad castigar el adulterio, lo que a ellos les interesaba era sorprender a Jesús en una falta, pues era cierto que la ley mosaica mandaba apedrear a los adúlteros, pero la ley romana había quitado la facultad a los judíos de llevar a cabo ejecuciones, excepto en caso de profanación del templo. Así que intencionalmente habían puesto a Jesús entre la espada y la pared, pues cualquiera que fuera su respuesta estaría faltando a una ley, a la romana o a la de Dios. Pero quienes resultaron atrapados en sus propias redes fueron los fariseos pues la sabia respuesta del Gran Maestro, los había dejado en evidencia y no podían haber hecho nada más sensato que desaparecer de allí antes que atreverse a levantar una piedra del suelo.
Ninguno de los acusadores de la mujer podía ser considerado justo como para juzgar y dictaminar un castigo en contra de esta pecadora, pues ellos eran tan pecadores como ella. El único justo allí era Jesús, el Hijo de Dios, el único hombre sin pecado alguno y por esto, el único facultado para juzgar y sentenciar. Sin embargo, sus palabras no fueron recriminatorias, sino llenas de misericordia hacia ella.
No sabemos el nombre de aquella mujer, no sabemos nada más de ella, de su vida, de su familia, etc. la Biblia no lo menciona. Tampoco sabemos qué hizo después de haber vivido esa extraordinaria experiencia. ¿Cómo se habrá sentido ella después de tal suceso? La Biblia no lo dice, pero podemos imaginarlo, seguramente se fue agradecida y maravillada después de haber visto la actitud de Jesús y haber obtenido su perdón, sin haber hecho nada para merecerlo. Seguramente, después de haber escapado de la muerte, se propuso no volver a cometer jamás ese pecado. Esa mujer debe de haber estado verdaderamente agradecida y verdaderamente decidida a no volver a hacer lo que había hecho.
Así mismo como perdonó a la mujer adúltera, Jesús nos perdona cuando ve que en nuestros corazones hay arrepentimiento. Él no nos acusa, no nos echa en cara nada, no nos atosiga con recriminaciones, solo nos mira con ojos de amor y misericordia, pues conoce nuestras debilidades. Jesús no condenó a la mujer sino que la perdonó, pero le hizo una importantísima exhortación: “Puedes irte, pero no vuelvas a pecar”. Esa sola condición le puso y esa misma condición va para todos nosotros. No lo olvidemos.

(Basado en el libro de Juan 8:1 al 11, Traducción en lenguaje actual)


Escrito por: Angélica García Sch.
Para: www.mujerescristianas.org

lunes, 9 de mayo de 2016


Eres la única, eres la mejor,eres luchadora 
y valiente, eres mi heroína...
¡Eres mi mamá!
Feliz dia de las madres

domingo, 20 de marzo de 2016

Reflexiones en Audio por Enrique Monterroza

“Amor hasta el último segundo”

Esta es una audio reflexión escrita y narrada por Enrique Monterroza, dicha reflexión la puedes encontrar de forma escrita para poder leerla desde acá: 

http://destellodesugloria.org/blog/2013/03/amor-hasta-el-ultimo-segundo/

Esperamos que sea de bendición para tu vida, puedes escucharla a través del siguiente reproductor:
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jueves, 14 de enero de 2016

TEMA: El alto valor de la Palabra 
TEXTO: Salmo 119:1-2 

INTRODUCCIÓN: 
Este Salmo contiene el capítulo más largo de toda la Biblia. Los 176 versículos resaltan y exalta la palabra de Dios. La variedad de sinónimos que ocupa se refieren a la palabra de Dios, ejemplo: ley, testimonios, camino, mandamientos, estatutos, etc. el salmista enfatiza la grandeza de la palabra de Dios y todo lo que hace.en el presente hay mucha gente que ve la biblia como un libro común y corriente que no tiene ninguna influencia. Es comprensible y aún no le han entregado su corazón al Señor. 
Para los que ya conocemos a Jesús, la palabra desde representar algo de alto valor. Examinemos las razones por las cuál es la palabra tiene alto valor. 
1. LA PALABRA NOS HACE BIENAVENTURADO (salmo 119:1-2) 
A. La expresión "bienaventurados" se hace dos veces(v.1-2) 
  • Bienaventurados significa siete veces feliz 
  • El número siete es el número perfecto de Dios(simboliza totalidad, integridad y perfección). 
  • Implica entonces que al decir bien aventurado está diciendo siete veces feliz, perfectamente feliz. 

B. Es bien aventurado el que anda en la ley (Palabra) de Jehová (v.1)
C. Bienaventurados los que guardan (obedecen) sus caminos (Palabra) ( v.2) 


2. LA PALABRA NOS LIMPIA (Salmo 119:9) 
A. ¿ Con que limpiaremos nuestra vida? Con guardar tu palabra (salmo 119:9). 
B. La palabra más motiva buscar al señor con todo el corazón (salmos 119:10) 
C. Buscar al señor nos permite no desviarnos del camino (v.10) 
D. Guardar la palabra en el corazón las libra del pecado (v.11) 
E. Para limpiar nuestra vida es necesario gozarnos en la palabra más que toda riqueza entre paréntesis (v. 14) 
F. La meditación de la palabra me guarda del mal (V. 15) G. Nunca nos olvidemos de la palabra (v.16) 

CONCLUSIÓN: Hermanos y amigos, no hay porque vivir una vida infeliz y culpable cuando tenemos la palabra de Dios que nos muestra el camino para ser felices y limpios ante Él. Recibe a Jesús, ama su palabra y verás su bendición.

viernes, 8 de mayo de 2015

AHORA TE COMPRENDO MAMÁ

Ahora te comprendo mamá 


Un día una mujer supo que iba a tener un bebé. Su corazón latió más fuerte, se sintió envuelta en un gozo como nunca antes lo había sentido. Salió de la consulta del ginecólogo como en las nubes, sus pies parecían no pisar el suelo. Miró a su alrededor y todo le pareció hermoso, sintió el aire más puro, vio los árboles más frondosos, el cielo más azul… La alegría de su corazón era tan grande, que no podía evitar caminar con una sonrisa en los labios. Era el día más feliz de su vida, el día en que había sabido que iba a ser mamá por primera.
Llegó a su casa y preparó una cena especial para su esposo, quería adecuar el ambiente para darle la noticia. Llegó el esposo y ella esperó a que cenara, entonces le dio la gran noticia. Los minutos que siguieron fueron de inmensa alegría. Lágrimas de felicidad asomaron a los ojos de ambos y se unieron en un amoroso y estrecho abrazo.
Comenzaron los preparativos para recibir a ese bebé tan ansiado. Adquirieron todo lo necesario a través de esos meses de espera. Sufrió todas las incomodidades de los primeros tres meses, los mareos, las náuseas, pero todos esos malestares no tenían la menor importancia para ella, mayor era su dicha que cualquier molestia física. El cuerpo de la mujer fue cambiando, ella sentía los movimientos de ese nuevo ser y se sentía rebosante de amor y felicidad. Llevaba un tesoro dentro de sí, su tesoro más preciado. A medida de que pasaba el tiempo, se le hacía más pesado el andar, su vientre se ponía enorme, pero eso tampoco le importaba. Otras mujeres le habían dicho muchas tonterías respecto a lo que iba a sufrir su cuerpo, que quedaría gorda, que no volvería a tener cintura, que se le iba a caer esto y aquello, pero ella no dejaba que esos malintencionados avisos influyeran en su vida y mucho menos le quitaran esa ilusión tan grande de ser mamá.
Y llegó el día en que su ansiado hijo quiso salir de su tibio refugio materno. Fue como a las dos de la mañana cuando empezó a sentir que su cuerpo se preparaba para el gran acontecimiento. Recordó la cita bíblica donde dice: “Multiplicaré tus dolores en el parto, y darás a luz a tus hijos con dolor…”, pero no le temía al dolor, estaba dispuesta a padecer todo lo necesario para que su hijo naciera. Al paso de las horas, los dolores se hacían más intensos. Acostada en su habitación de la clínica, esperaba paciente, encogiéndose en cada contracción, pero sin queja alguna. Su amado esposo, a su lado, tomando su mano, le daba ánimos y le decía palabras de amor. Llegó el momento en que sintió que ya no podía aguantar más, sentía la necesidad de gritar, se retorcía de dolor. Nunca se imaginó qué clase de dolor sería ese. Las palabras cariñosas de su esposo no tenían ningún efecto en ella, todo su ser se centraba en ese dolor insoportable.

Trató de no pensar en el dolor y vino a su mente su madre, cómo debió haber sufrido al momento de tenerla, antes, ese le parecía un tema intrascendente. Ahora reflexionaba, consideraba a su madre y la admiraba por su valentía al haber tenido cinco hijos. Ahora no pensaba en su dolor, sino en el de su madre. Se avergonzaba de las veces que le había faltado el respeto, en las veces que al verla cansada, limpiando la casa, no le había ofrecido su ayuda. Recordó también las veces que su madre le pidió que la ayudara en algún quehacer y ella se negó diciendo que tenía mucho que estudiar, pero se iba a su cuarto a escuchar música. En un par de segundos, como una ráfaga, vinieron a su mente algunos eventos que ahora le causaban tristeza y vergüenza respecto a su madre. Ahora comprendía todo lo que sufren las madres para dar la vida a un hijo, y luego cuántos sacrificios hace por él, sin pedir nada a cambio, sin embargo ese hijo ¿cómo le paga después? En medio de su dolor, pidió perdón a Dios por no haber sido una buena hija y prometió pedirle perdón a su madre y tratar de recompensarla como ella se lo merecía, dándole todo el amor y las atenciones que por estar ocupada en sí misma no le había dado.

El médico se acercó a la cama, la examinó y le dijo que ya estaba lista para dar a luz. La llevaron a la sala de partos y unos minutos después tenía a su hijo en brazos. El dolor se había esfumado, solo sentía una felicidad indescriptible por ese lindo bebé que Dios le había dado y porque sentía tranquila su conciencia después de esa confesión y su buen propósito, que por supuesto estaba decidida a cumplir.

La llevaron a su habitación. Allí la esperaban su esposo, su madre y sus hermanos, además de sus suegros. Después de las felicitaciones y muestras de cariño de todos los presentes, una enfermera les pidió que salieran para que ella descansara, pero ella solicitó la presencia de su madre. Todos se quedaron sorprendidos, pero fueron saliendo de la habitación. También le pidió a la enfermera que saliera por unos momentos. Cuando quedaron solas ella y su madre en la habitación, no pudo evitar que salieran gruesas lágrimas de arrepentimiento de sus ojos. Su madre no comprendía la causa de esas lágrimas, entonces su hija le dijo:

-       "Mamá, yo quiero pedirte perdón porque no he sido un (a) buen (a) hijo (a), porque no te he valorado ni te he respondido como tú te lo mereces. Ahora sé cuánto cuesta tener un hijo, ahora sé todo lo que tú sufriste para darme la vida, pero no solo hablo del dolor físico mamá, tú has sufrido por mí también esa otra clase de dolor, que es peor que los dolores de parto, el dolor de la indiferencia de una hija por la cual lo diste todo. Me diste tu cuerpo para que me sirviera de refugio mientras me estaba formando, luego ese mismo cuerpo tuyo me alimentó para que permaneciera viva, después me diste tus horas de descanso cuando yo lloraba, ¡cuántas noches pasaste en vela para cuidarme mamá cuando yo enfermaba y nunca escuché que te quejaras!, ¡cuántos días y noches dedicados a mí y a mis hermanos y nunca lo aprecié! …Pensaba que era tu obligación, pero ahora sé que no lo hacías por obligación, sino por amor, ese amor tan grande e incondicional que siente una madre por sus hijos desde antes de darlos a luz”- Ambas se abrazaron como desde hacía tiempo no lo hacían y luego miraron hacia la cuna, ¡realmente ese bebé había traído grandes bendiciones a sus vidas!"

"Los hijos son una herencia del Señor, los frutos del vientre son una recompensa". 
Salmos 127:3 NVI

Escrito por: Angélica García Sch. 
Para: www.mujerescristianas.org
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